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Defensas de la civilización · 1898–1899

Los que no se rendían: Baler y los últimos de Filipinas

Encerrados en una iglesia de la selva de Luzón, cincuenta soldados resistieron trescientos treinta y siete días. El imperio ya había caído, la guerra había terminado hacía medio año, pero ellos no lo creían y no soltaban el fusil. Cuando por fin salieron, vencidos, el general enemigo firmó un decreto asombroso: que no se los tratara como prisioneros, sino como amigos. Es la historia más hermosa de una derrota.

1898–18999 min de lectura
La iglesia de Baler, escenario del sitio de 1898-1899
La iglesia de piedra de Baler, en Luzón: entre sus muros, medio centenar de soldados resistió trescientos treinta y siete días.
Monarquía Hispánica · Cruz de Borgoña
Guarnición española
Un destacamento atrincherado
en la iglesia de piedra
~50 soldados
Durante 337 días de asedio
Al mando: Saturnino Martín Cerezo
Revolución filipina · hoy Filipinas
Revolución filipina
Las fuerzas de la naciente
República Filipina
El sitio y el tiempo
Emisarios, periódicos y salvoconductos
Al mando: Emilio Aguinaldo
Fecha
1 jul. 1898 – 2 jun. 1899
337 días de asedio
Lugar
Iglesia de Baler
Luzón, Filipinas
Resultado
Salen con honor
El enemigo los declara «amigos»

La Cruz de Borgoña se usa aquí como símbolo de la Hispanidad; la enseña militar de 1898 era ya la rojigualda.

El origen de la historia

En 1898, Filipinas se levantaba y España se hundía. En el pueblo de Baler, en la costa este de Luzón, un pequeño destacamento recibió la orden de resistir. Cuando la revolución llegó al pueblo, los soldados — unos cincuenta, al mando pronto del teniente Saturnino Martín Cerezo — se hicieron fuertes en el edificio más sólido: la iglesia de piedra. Era el 1 de julio. No saldrían de allí hasta pasados once meses.

Fuera, el mundo cambiaba a toda prisa: en diciembre, el Tratado de París entregó Filipinas a los Estados Unidos; el imperio español de Asia, de tres siglos, había dejado de existir. Pero dentro de la iglesia no lo sabían — o no querían creerlo. Los sitiadores les gritaban que la guerra había acabado, les mandaban periódicos, emisarios, hasta antiguos jefes españoles a convencerlos. Martín Cerezo lo tomaba todo por una añagaza del enemigo. Y seguían disparando.

El mundo que se derrumbaba fuera

Para entender por qué medio centenar de hombres se encerró en una iglesia, hay que mirar el año entero. 1898 fue el annus horribilis de España: el 1 de mayo, la escuadra del Pacífico era aniquilada en la bahía de Manila; el 3 de julio, la del Atlántico se hundía frente a Santiago de Cuba. En diciembre, el Tratado de París liquidaba de un plumazo lo que quedaba del imperio: Cuba, Puerto Rico, Guam y las Filipinas —tras tres siglos y medio bajo la Corona— pasaban a los Estados Unidos, que pagaron por el archipiélago veinte millones de dólares. A la vez, la Revolución filipina de Emilio Aguinaldo había proclamado su independencia. En cuestión de meses, España perdía a la vez sus últimas colonias y su lugar entre las potencias. Fue el llamado «Desastre del 98».

En ese terremoto, el destacamento de Baler quedó como una piedra olvidada en el fondo de un río que había cambiado de curso. Los habían enviado a sostener un puesto remoto en la costa oriental de Luzón justo cuando todo el edificio se venía abajo. Cuando la revolución llegó al pueblo, el capitán Enrique de las Morenas y el teniente Martín Cerezo hicieron lo único que sabían hacer: cumplir la orden de resistir. Se hicieron fuertes en el edificio más sólido, la iglesia de piedra, y cerraron las puertas. Era el 1 de julio.

Cincuenta hombres, trescientos treinta y siete días

Los números de Baler son de una desproporción conmovedora: medio centenar de soldados encerrados 337 días —casi un año entero— en una sola iglesia, en el confín de un archipiélago de siete millones de habitantes que ya no era español. No los venció el enemigo; los fue venciendo el beriberi, la enfermedad de la falta de vitaminas, que se llevó a más hombres que las balas: entre ellos, al propio capitán De las Morenas y al teniente Zayas. De los cincuenta que entraron, poco más de treinta salieron con vida.

Lo asombroso no es solo que resistieran, sino que resistieran seis meses de más. La guerra había terminado para España en diciembre de 1898; ellos siguieron disparando hasta junio de 1899, porque cada aviso de paz les llegaba en la voz del enemigo y lo tomaban por una trampa. Prefirieron morir de fiebre en su iglesia antes que rendirse a un engaño.

El escenario, sobre el mapa real

Una iglesia de piedra en el confín oriental de Luzón, entre la selva y el mar, a un mundo de distancia de una metrópoli que ya había firmado la paz.

¿Dónde ocurrió?
Baler

Así se desarrolló

1 de julio de 1898

Se cierran las puertas

El destacamento se atrinchera en la iglesia con víveres para meses y municiones de sobra. Empieza un asedio que será una guerra de paciencia, francotiradores y enfermedad.

Otoño e invierno

El enemigo invisible

Más que las balas, mata el beriberi: la falta de vitaminas se lleva a los hombres uno tras otro, incluido el primer capitán. Martín Cerezo toma el mando, fusila la desesperación con disciplina de hierro y hasta manda plantar hortalizas en el patio para frenar la enfermedad.

Diciembre de 1898

«La guerra ha terminado»

Llegan noticias del fin del imperio, pero envueltas en la voz del enemigo, y por eso no las creen. Rechazan rendiciones, emisarios y salvoconductos. Prefieren morir de fiebre en su iglesia antes que caer en un engaño. La leyenda de «los que no se rendían» ya corre por todo Luzón.

2 de junio de 1899

La rendición con honor

Por fin, un periódico español legítimo convence a Martín Cerezo: es verdad, todo ha terminado. Los supervivientes — poco más de treinta — salen formados, con sus armas, tras 337 días. En vez de humillarlos, el general Emilio Aguinaldo firma un decreto que los declara no prisioneros, sino amigos, y ordena que se los deje volver a España libres y con todos los honores.

Lo que estuvo en juego

Las cifras del asedio

días de asedio en la iglesia
soldados formaban la guarnición
supervivientes que salieron con honor

El valor de no rendirse

El heroísmo de Baler no fue el de una carga gloriosa, sino algo más difícil: aguantar, un día tras otro, durante casi un año, sin más recompensa que seguir vivos para volver a montar guardia. Al morir el capitán, el teniente Saturnino Martín Cerezo sostuvo la resistencia con una disciplina de hierro y una cabeza fría admirable: racionó los víveres, mandó plantar hortalizas en el patio para frenar el beriberi, organizó salidas nocturnas para quemar las casas que daban cobijo a los tiradores enemigos. A su lado, el médico Rogelio Vigil de Quiñones peleaba contra un enemigo que ningún fusil podía tocar, cuidando a los enfermos hasta el final.

Lo más asombroso es por qué lo hacían. No defendían ya un imperio —había dejado de existir—, ni esperaban socorro —nadie iba a venir—. Aguantaban por una idea desnuda: el deber, la palabra dada, la lealtad a una bandera que, sin que ellos lo supieran, ya los había soltado. Rechazaron rendiciones, salvoconductos y hasta la visita de antiguos jefes españoles, convencidos de que todo era una añagaza. Preferían la muerte al deshonor de dejarse engañar. Eran, sin saberlo, los herederos directos de Numancia y de Empel: el mismo «antes muertos que rendidos», resonando por última vez en una iglesia perdida de la selva.

El desenlace

Los últimos de Filipinas volvieron a una España rota por el «Desastre del 98», y sin embargo traían lo único que aquel año no se había perdido: la honra. Martín Cerezo contó la gesta en un libro que se leyó en los cuarteles durante generaciones; el cine la llevó dos veces a la pantalla. Pero lo más grande no fue cómo resistieron, sino cómo terminó: el decreto de Aguinaldo — enemigo que honra al enemigo — convirtió una guerra en un abrazo. Aún hoy, cada 30 de junio, España y Filipinas celebran juntas el Día de la Amistad Hispano-Filipina, nacido de aquella iglesia.

Los individuos del destacamento español, por el heroísmo y valor con que han sabido defenderse, no serán tratados como prisioneros, sino como amigos.

Emilio Aguinaldo De su decreto, 30 de junio de 1899

Lo que sintieron

Cuesta imaginar el peso de aquellos meses. Encerrados en la penumbra de una iglesia, con el olor de los enfermos y el goteo de la selva, oían al otro lado de los muros al enemigo gritándoles que la guerra había acabado, que su patria ya no existía, que se rindieran. Y ellos, mirándose unos a otros, decidían no creerlo. Vieron morir de fiebre a sus compañeros y a sus jefes; racionaron la comida hasta el hueso; montaron guardia noche tras noche por un imperio que, sin que ellos lo supieran, hacía meses que los había vendido en una mesa de París. La soledad de esos hombres —fieles a algo que ya no estaba— es de las cosas más conmovedoras que ha dado esta historia.

Y luego llegó el vuelco: un periódico español legítimo, no la voz del enemigo, les puso delante la verdad. Todo había terminado hacía medio año. Debieron de sentir, a la vez, el mazazo de saberse los últimos de un imperio muerto y el alivio de que la guardia, por fin, se acababa. Salieron formados, con sus armas, poco más de treinta esqueletos. Y en lugar de la humillación que esperaban, encontraron a un enemigo que se descubría ante ellos y los llamaba amigos. Aquellos hombres, que se habían preparado para morir, volvieron a casa habiendo recibido la lección más hermosa: que el valor se reconoce incluso en el bando contrario.

Por qué importa

Porque es el eslabón que cierra el círculo abierto en Castelnuovo tres siglos y medio antes: la misma lealtad hasta lo imposible, ahora entre dos pueblos hermanos. Baler no habla de una España contra Filipinas, sino de una civilización que, incluso al despedirse, supo reconocerse en el enemigo y llamarlo amigo. Por eso su símbolo no es un fusil, sino un decreto de perdón. En nuestro mapa, el 2 de junio se enciende Baler — la iglesia del confín donde el imperio se apagó como debía apagarse: con honor y con un abrazo.

Y hay algo hermosísimo en que la última página del viejo imperio la escribieran, a la vez, la terquedad y el perdón. Aquellos cincuenta hombres eran los herederos directos de Numancia, de Castelnuovo, de Empel: el mismo «antes muertos que rendidos» resonando por última vez en una iglesia perdida de la selva. Pero el que puso el punto final no fue un fusil, sino la mano tendida de un enemigo que se reconoció hermano. Más de dos mil años de historia que arrancan en una hoguera de resistencia terminan, por fin, en un abrazo entre dos pueblos que ya no se soltarían. No se puede pedir un cierre más nuestro.

Quiénes estuvieron allí

Personajes destacados

Saturnino Martín Cerezo
Saturnino Martín Cerezo
Teniente · al mando del sitio

Tomó el mando al morir el capitán y sostuvo la resistencia con disciplina de hierro: mandó plantar hortalizas contra el beriberi y rechazó rendiciones creyéndolas engaños. Contó la gesta en un libro que se leyó en los cuarteles durante generaciones.

1866 – 1945
Enrique de las Morenas
Enrique de las Morenas
Capitán · primer jefe del destacamento

Al mando de la guarnición cuando se cerraron las puertas de la iglesia. Sostuvo la resistencia en los meses más duros del asedio hasta que el beriberi acabó con él, en noviembre de 1898. Entregó el mando, y la vida, sin haber cedido un palmo.

1854 – 1898
retrato de época
Rogelio Vigil de Quiñones
Rogelio Vigil de Quiñones
Médico del destacamento

El médico que peleó contra un enemigo peor que las balas: el beriberi. Cuidó de los sitiados hasta el final y es hoy figura muy querida del cuerpo de Sanidad Militar.

1862 – 1934
Emilio Aguinaldo
Emilio Aguinaldo
General y presidente filipino

El líder de la revolución filipina. Al vencer a los sitiados, firmó el decreto que los declaraba «no prisioneros, sino amigos» y los dejó volver a España con honores: convirtió una guerra en un abrazo.

1869 – 1964