En 1902, Argentina y Chile —dos naciones hermanas, hijas de la misma madre— estaban al borde de la guerra por sus fronteras en la cordillera. Habían comprado acorazados y afilado los sables. Y entonces, en el último momento, eligieron algo mucho más difícil que pelear: entenderse. Para sellar la paz, fundieron el bronce de sus cañones y levantaron con él, en la cima misma de los Andes, un Cristo gigante que vigilara la frontera. Bajo sus pies grabaron una promesa que aún emociona: que antes se desplomarían aquellas montañas que romperían los dos pueblos la paz jurada.

A finales del siglo XIX, Argentina y Chile —dos países nacidos del mismo tronco, que hablaban la misma lengua y compartían la misma historia— llegaron peligrosamente cerca de matarse entre sí. El motivo era el de siempre entre vecinos: la frontera, trazada a lo largo de miles de kilómetros de una cordillera altísima y mal cartografiada. Los dos gobiernos se enredaron en una carrera de armamentos, encargaron acorazados a Europa y prepararon a sus ejércitos. La guerra entre hermanos parecía inevitable.
Pero en los dos países había también voces cuerdas que no querían aquella locura. Con enorme esfuerzo diplomático, y con la mediación de terceros, en 1902 se firmaron unos acuerdos —los Pactos de Mayo— que sometían la disputa a un arbitraje y frenaban la carrera de armas. Se había evitado la guerra. Faltaba lo más bonito: celebrarlo de una manera que no se olvidara jamás.
El paso de Uspallata, en la línea misma de la frontera, a casi 3.800 metros: el punto exacto donde se plantó un Cristo mirando a los dos países a la vez.
Ya rondaba la idea de coronar los Andes con una imagen de Cristo en señal de paz. Cuando llegó el acuerdo, la iniciativa —impulsada entre otros por una mujer, Ángela de Oliveira Cézar, y por obispos de los dos países— encontró por fin su momento.
El monumento se funde con el bronce de viejos cañones del ejército argentino: las armas que iban a servir para la guerra se transforman, literalmente, en un símbolo de paz. La enorme estatua se hace en Buenos Aires y luego se sube, por partes, hasta lo más alto de la cordillera.
Llevar las pesadas piezas de bronce y granito a casi 3.800 metros de altura, por senderos de mula, entre nieves y precipicios, fue una proeza en sí misma. Se montó justo en la línea de la frontera, en el paso de Uspallata, mirando a los dos países a la vez.
Delegaciones de los dos países suben a la cima, entre nieve, para inaugurarlo juntas. Miles de personas de ambos lados asisten al acto. Al pie del Cristo se coloca una placa con las palabras que se harían célebres.
El Cristo Redentor de los Andes lleva más de un siglo en su cima, soportando vientos de doscientos kilómetros por hora y temperaturas heladas, vigilando una frontera que desde entonces no ha vuelto a conocer la guerra. Argentina y Chile han tenido sus tensiones, como todos los vecinos, pero nunca han vuelto a apuntarse con un cañón: la promesa grabada bajo la estatua se ha cumplido. El monumento es hoy meta de peregrinación y símbolo de que hay una manera mejor de resolver las diferencias que la sangre.
Se desplomarán primero estas montañas antes que argentinos y chilenos rompan la paz que a los pies del Cristo Redentor han jurado mantener.
Inscripción al pie del Cristo de los Andes Paso de Uspallata, 1904Cuesta más frenar que disparar. Dos pueblos que se habían mirado durante años por encima de la cordillera, que habían gastado fortunas en acorazados y afilado el discurso del agravio, tuvieron que hacer algo más difícil que combatir: tragarse el orgullo, fiarse del vecino y aceptar que ninguna raya en el mapa valía la vida de sus hijos. En quienes empujaron aquella paz —diplomáticos, obispos, y una mujer, Ángela de Oliveira Cézar— había tanto coraje como en cualquier soldado, porque el coraje también consiste en ser el primero en desarmarse.
El día en que las delegaciones de los dos países subieron juntas, entre nieve, a los 3.800 metros del paso para inaugurar el Cristo, lo que se respiró no fue la euforia de una victoria, sino algo más hondo: el alivio de quienes han estado al borde del abismo y han sabido apartarse a tiempo. Fundir el bronce de los cañones para hacer con él una figura de paz no fue un gesto de cara a la galería; fue la manera de decirse, en metal, que preferían reconocerse hermanos antes que enemigos.
Porque no se me ocurre mejor manera de cerrar estas historias. Durante todo este recorrido hemos visto a la Hispanidad resistir, explorar, crear, sufrir y superarse; hemos contado sus glorias sin esconder sus sombras. Y aquí, en la cima de los Andes, aparece su lección más alta, en todos los sentidos: la de que los pueblos hermanos, cuando estuvieron a punto de destruirse entre sí, fueron capaces de parar, mirarse, reconocerse en el otro y elegir el abrazo en lugar del golpe. En nuestro mapa, 1904 enciende el paso de Uspallata: el punto exacto donde dos naciones de la misma sangre decidieron que ninguna frontera valía la vida de sus hijos.
Ese Cristo hecho de cañones es, quizá, el mejor resumen de lo que esta casa ha querido contar. Porque la historia de los pueblos hispanos, mirada de lejos, no es la de veintipico países rivales, sino la de una familia que —a pesar de las guerras, las separaciones y los rencores que también hubo— comparte una raíz que ningún conflicto ha logrado cortar. Argentinos y chilenos, mexicanos y españoles, peruanos y filipinos: los mismos apellidos, la misma lengua, las mismas canciones, la misma manera de reír y de rezar. El Cristo de los Andes nos recuerda que lo que nos une siempre fue más fuerte que lo que nos separa, y que la fraternidad no es un sueño ingenuo, sino una decisión que ya tomamos una vez, en lo más alto de una montaña, fundiendo las armas para hacer con ellas un abrazo. Ojalá lo recordemos siempre. Porque antes se desplomarán las montañas — que se apague lo que de verdad nos hace uno.