En 1910, cuando los aviones eran frágiles armazones de madera y tela, nadie había cruzado en vuelo una gran cadena de montañas. Un joven peruano de veintitrés años, Jorge Chávez, se propuso ser el primero en volar sobre los Alpes. Lo consiguió — y al tomar tierra, ya del otro lado, su avión se desplomó. Murió pocos días después, dejando una frase que se convirtió en lema de generaciones: «Arriba, siempre arriba». Había demostrado que ninguna montaña era ya demasiado alta.

Jorge Chávez Dartnell nació en 1887, hijo de una acaudalada familia peruana. Se formó como ingeniero, pero lo devoró la pasión de su época: la aviación, entonces un deporte tan glamuroso como mortal. En muy poco tiempo se convirtió en uno de los mejores pilotos del mundo, batiendo récords de altura en una máquina que apenas superaba en fiabilidad a una cometa.
En 1910 se lanzó un desafío que parecía imposible y que muchos consideraban un suicidio: cruzar los Alpes en avión, salvando el paso del Simplón, entre Suiza e Italia. Volar sobre montañas de más de dos mil metros, entre corrientes de aire heladas y traicioneras, con un motor que podía pararse en cualquier momento, era ir mucho más allá de lo que nadie había hecho. Varios pilotos lo habían intentado y habían renunciado. Chávez dijo que él lo haría.
El paso del Simplón, entre Suiza e Italia, sobre cumbres de más de dos mil metros: la barrera de piedra y hielo que un peruano decidió cruzar por el aire.
Desde la localidad suiza de Brig, Chávez despega hacia el macizo. El frío es brutal a esa altura y las ráfagas zarandean el frágil monoplano. Durante largos minutos, el peruano pelea con la montaña, ganando metros hacia el cielo.
Chávez sobrevuela el paso del Simplón, salvando las cumbres nevadas. Ha logrado lo que nadie: está cruzando los Alpes por el aire. Al otro lado lo espera el valle italiano de Domodossola y la gloria.
Ya sobre Domodossola, cuando descendía para aterrizar y coronar la hazaña, algo falla: las alas del avión, forzadas al límite por el frío y el esfuerzo, ceden. El aparato se desploma desde pocos metros. Chávez queda gravemente herido.
Cuatro días después, Jorge Chávez muere a causa de las heridas, a los veintitrés años. Había cumplido su palabra: fue el primero en volar los Alpes. La frase que quedó asociada para siempre a su gesta —«Arriba, siempre arriba»— se convirtió en un grito de superación para generaciones enteras.
La hazaña de Chávez conmocionó al mundo y lo convirtió en un héroe a los dos lados del Atlántico. En el Perú es una gloria nacional: el gran aeropuerto internacional de Lima lleva su nombre, y «Arriba, siempre arriba» es el lema de la Fuerza Aérea del Perú. Cada 23 de septiembre, el país celebra el Día de la Aviación en su memoria. Un joven que apenas vivió veintitrés años dejó una huella que dura más de un siglo — porque no midió su vida por lo que duró, sino por lo alto que llegó.
Arriba, siempre arriba.
Jorge Chávez Últimas palabras que le atribuye la tradiciónNadie dejó escrito qué le pasaba por dentro a Chávez mientras peleaba con el viento sobre el Simplón, pero no hace falta mucha imaginación. A más de dos mil metros, en una cabina abierta, el frío muerde y las manos se entumecen sobre los mandos; cada ráfaga amenaza con volcar el frágil monoplano, y el motor —lo único entre el piloto y el vacío— podía callarse en cualquier instante. Había visto a otros renunciar antes que él. Sabía, mejor que nadie, que aquello podía costarle la vida, y aun así siguió subiendo.
En ese empeño hay algo más que temeridad: la convicción de que el miedo se vence yendo hacia delante, no dando la vuelta. Cuando cruzó las cumbres y vio abrirse al otro lado el valle italiano de Domodossola, debió de sentir el vértigo de saberse el primero. Que muriera cuatro días después, el 27 de septiembre, sin apenas haber saboreado aquella gloria, no rebaja la hazaña: la vuelve más humana. Había apostado la vida por llegar arriba, y llegó.
Porque Jorge Chávez es la prueba de que el mundo hispano también estuvo en la primera línea de la gran aventura del siglo XX: la conquista del aire. No fue un espectador de los récords de los demás, sino uno de los pioneros que empujaron los límites de lo posible, y pagó por ello el precio más alto. En nuestro mapa, 1910 enciende el paso del Simplón: el lugar donde un peruano le demostró al mundo que ya no había montaña que el hombre no pudiera superar.
Y su frase final es, quizá, el mejor resumen del alma de esta civilización. «Arriba, siempre arriba» no es solo el grito de un aviador: es la actitud de un pueblo que, desde Numancia hasta la vuelta al mundo, desde Balmis hasta los mineros de Atacama, se ha empeñado una y otra vez en ir más allá de lo que se creía posible. Chávez lo llevó al cielo, literalmente. Que fuera un peruano quien pronunciara esas palabras y quien plantara la bandera de la superación sobre los Alpes nos recuerda que el coraje no es patrimonio de ningún país concreto de la Hispanidad, sino de todos: es lo que llevamos dentro los que hablamos esta lengua. Murió joven, sí, pero cumplió el único mandato que de verdad importa — el de no quedarse abajo. Y por eso, más de un siglo después, cada avión que despega de Lima lleva, sin saberlo, su nombre y su empeño: arriba, siempre arriba.

Ingeniero peruano y uno de los mejores pilotos del mundo, batidor de récords de altura. Se propuso lo que muchos llamaban un suicidio: cruzar los Alpes en avión. Lo logró y, ya del otro lado, cayó al aterrizar. Murió a los veintitrés años dejando un lema para generaciones: «Arriba, siempre arriba».