En plena Guerra Fría, la mayor potencia del planeta organizó, armó y lanzó una invasión contra una isla del Caribe. Desembarcó al amanecer del 17 de abril de 1961 en Playa Girón. Setenta y dos horas después, sin munición y sin la cobertura aérea prometida, se había rendido. Fue la última vez que una fuerza organizada desde fuera trató de desembarcar por la fuerza en suelo hispanoamericano.



A comienzos de los años sesenta, en el punto más tenso de la Guerra Fría, el gobierno de Estados Unidos decidió derrocar por la fuerza al nuevo régimen de Cuba, a solo 150 kilómetros de sus costas. La operación se preparó en secreto: la CIA reclutó, entrenó y armó a una fuerza de unos 1.400 exiliados cubanos —la llamada Brigada 2506— para que desembarcara en la isla, estableciera una cabeza de playa y provocara un levantamiento general que hiciera caer al gobierno.
El drama de fondo era que, en buena medida, se enfrentaban cubanos contra cubanos: una nación partida por la revolución, con hermanos en los dos bandos. Pero en el plano de los Estados, el hecho era claro: la primera potencia del mundo lanzaba una invasión sobre un país hispanoamericano pequeño. El punto elegido para el desembarco fue un lugar apartado de la costa sur, entre ciénagas y manglares: la Bahía de Cochinos, y en ella la Playa Girón.
La brigada invasora estaba bien armada y contaba con barcos de transporte y una pequeña fuerza aérea de bombarderos B-26, disfrazados con los colores cubanos. Pero su plan dependía de dos cosas que fallaron: un alzamiento popular que nunca se produjo, y una cobertura aérea estadounidense que, en el último momento, no se autorizó del todo. Enfrente, el gobierno de la isla movilizó con rapidez al ejército, la policía y las milicias populares, y —lo decisivo— a la pequeña fuerza aérea cubana, que conservaba unos cuantos cazas Sea Fury y aviones a reacción. Fueron esos pocos aparatos los que decidieron la batalla.
Un saco de mar cerrado por ciénagas y manglares, cruzable solo por unos pocos terraplenes: el terreno que convirtió la cabeza de playa en una trampa.
La Brigada 2506 desembarca en dos puntos de la Bahía de Cochinos: Playa Girón y, al fondo del saco, Playa Larga. La sorpresa inicial funciona y establecen una cabeza de playa. Pero el terreno es una trampa: la ciénaga de Zapata solo se cruza por unos pocos terraplenes, fáciles de defender.
Los pocos aviones de la fuerza aérea cubana atacan a la flotilla invasora y hunden dos de sus barcos de transporte —entre ellos el que llevaba casi toda la munición de reserva y las comunicaciones—. En unas horas, la brigada queda en tierra, aislada y con las horas de combate contadas.
El gobierno lanza sobre las playas a miles de milicianos y soldados con artillería y blindados, avanzando por los estrechos caminos entre las ciénagas. La brigada resiste con dureza en los accesos, pero cada hora que pasa está más cercada y más corta de balas.
La operación se había diseñado contando con un dominio del aire que nunca se materializó: la ayuda aérea estadounidense se retiró en el último momento para no dejar en evidencia la mano de Washington. Sin ese paraguas, la cabeza de playa era indefendible.
Sin munición, sin refuerzos y sin escapatoria por la ciénaga, la brigada se rinde en Playa Girón. La invasión ha durado poco más de setenta y dos horas. Más de mil hombres son hechos prisioneros; meses después serán canjeados. La operación se salda como un fracaso rotundo para quien la ideó.
Bahía de Cochinos fue una herida y una victoria a la vez, y conviene no adornar ninguna de las dos: murieron cubanos de ambos lados, y la isla quedó aún más atrapada en la lógica de la Guerra Fría — el episodio empujó al año siguiente hacia la crisis de los misiles, el momento en que el mundo estuvo más cerca de una guerra nuclear. Pero en el plano en que se cuenta esta serie, el de las tierras hispanas que rechazan a quien viene a tomarlas por la fuerza, el hecho quedó grabado: una gran potencia organizó un desembarco sobre suelo hispanoamericano y fue devuelta al mar en tres días.
Contaban con un levantamiento que no vino y con una cobertura aérea que no llegó. Sin munición y sin cielo, la cabeza de playa se sostuvo apenas setenta y dos horas.
Sobre el desenlace del desembarco Bahía de Cochinos, abril de 1961Lo que sintieron los que combatieron en aquellas ciénagas fue, seguramente, la mezcla de miedo y determinación de quien ve desembarcar en su costa la sombra de la mayor potencia del planeta. Pelearon con la convicción de estar defendiendo su tierra, y esa certeza —tengan luego los regímenes las sombras que tengan— pesa en el ánimo de cualquiera que dispara para que no le tomen su casa.
Y hay una tristeza de fondo que conviene no callar: en aquellas playas se enfrentaron, en buena parte, cubanos contra cubanos, unos y otros convencidos de defender a Cuba. Contar la hazaña del que resistió a una invasión no obliga a cerrar los ojos a esa herida. Fue, como tantas de aquel siglo, una página de coraje y de tragedia a la vez.
Porque cierra, ya en pleno siglo XX, la misma historia que abrieron San Juan de Ulúa o Cartagena de Indias: la de un suelo hispanoamericano donde las invasiones venidas de fuera acaban, una y otra vez, rechazadas en la orilla. Aquí no hay Cruz de Borgoña ni tercios; hay una isla pequeña y una superpotencia, y el resultado se repite. No hace falta compartir la política de nadie para ver el patrón: de Tenerife a Girón, cuesta mucho desembarcar por la fuerza en estas costas y quedarse. En el mapa de esta casa, Playa Girón se enciende como el último desembarco que el mar devolvió.