En 1965, el pueblo de Santo Domingo se levantó para devolver al poder al presidente que había elegido en las urnas. La respuesta fue el desembarco de más de cuarenta mil soldados estadounidenses. Frente a ellos, un coronel y un puñado de militares constitucionalistas, con la ciudad vieja por trinchera, decidieron no rendirse. No ganaron la guerra, pero salvaron un principio.



En 1963, los dominicanos habían elegido en las urnas a Juan Bosch, su primer presidente democrático tras décadas de dictadura. Un golpe militar lo derrocó pocos meses después. En abril de 1965, una parte del ejército y el pueblo de Santo Domingo se levantaron para restaurar al presidente electo y devolver la Constitución: eran los «constitucionalistas».
La revuelta estaba a punto de triunfar cuando Estados Unidos, temiendo «otra Cuba» en plena Guerra Fría, ordenó la intervención: más de cuarenta mil soldados desembarcaron en la capital. Lo que era una disputa interna se convirtió, de pronto, en la defensa de una ciudad frente a la mayor potencia del planeta. Como en la Bahía de Cochinos, conviene contarlo sin épica de bando: fue un episodio doloroso de la Guerra Fría, con dominicanos en ambos lados. Pero un hecho quedó claro.
Los constitucionalistas apenas tenían unos miles de militares sublevados y, sobre todo, al pueblo de Santo Domingo, que tomó las armas por millares. Los dirigía un joven coronel, Francisco Caamaño, que asumió como presidente constitucional en resistencia. Frente a ellos, la fuerza expedicionaria estadounidense —después ampliada con tropas de varios países bajo bandera de la OEA— con blindados, aviación y control del mar. La partida estaba perdida de antemano. Aun así, la ciudad vieja no se rindió.
La Ciudad Colonial de Santo Domingo, la primera que fundó Europa en América, partida en dos por un «corredor de seguridad»: el casco viejo se hizo reducto.
Militares constitucionalistas y pueblo se lanzan a las calles para restaurar a Bosch. Reparten armas, toman el palacio y parecen a punto de vencer a los mandos golpistas.
Estados Unidos ordena la intervención. Los primeros marines desembarcan en Santo Domingo. En pocos días, más de cuarenta mil soldados ocupan gran parte de la ciudad y tienden un «corredor de seguridad» que parte la capital en dos.
Uno de los combates más duros se libra por el control del puente sobre el río Ozama. Los constitucionalistas, mal armados, resisten los intentos de romper su cerco. La ciudad vieja —la Ciudad Nueva— se convierte en un reducto que no cae.
Durante meses, la zona constitucionalista resiste rodeada, entre barricadas y francotiradores, sin rendir su bandera. Caamaño gobierna desde allí un pedazo de ciudad sitiada, sostenido por la convicción de que defiende algo más que unas calles: el derecho de su pueblo a elegir.
La presión internacional y el desgaste llevan a un acuerdo: un gobierno provisional y elecciones al año siguiente. Los constitucionalistas deponen las armas sin haber sido vencidos en su reducto. La intervención se retira poco después.
La Guerra de Abril no logró restaurar a Bosch, y sus heridas tardaron en cerrar. Pero dejó grabada una imagen que el país no ha olvidado: la de una ciudad pequeña, la primera que fundó Europa en América, plantándose ante una superpotencia por defender su voto. Francisco Caamaño se convirtió en símbolo de esa dignidad. Como en tantas historias de esta casa, lo que se recuerda no es el mapa que cambió, sino el principio que no se entregó.
No defendían solo unas calles, sino el derecho de un pueblo a que se respetara lo que había votado.
Sobre la resistencia constitucionalista Santo Domingo, 1965Lo que sintió el pueblo de Santo Domingo en abril de 1965, levantado en armas para devolver a su presidente electo y viéndose de pronto frente a más de cuarenta mil soldados extranjeros, fue seguramente una mezcla de indignación y de coraje desesperado. Un coronel y un puñado de constitucionalistas resolvieron pelear por algo tan sencillo y tan hondo como el derecho a decidir por sí mismos. Cuando la fuerza que se enfrenta es tan superior, quedarse a resistir es ya una declaración: la de que la dignidad no se rinde por el tamaño del adversario.
Y merece contarse sin encono. Aquellos hombres perdieron la partida militar, pero dejaron dicho lo que sentían: que un pueblo pequeño también tiene derecho a gobernarse. No se trata de alimentar rencores viejos, sino de reconocer el valor de quienes, en desventaja absoluta, defendieron su voto y su soberanía en las calles de su propia ciudad.
Porque cierra en el siglo XX la larga lista de desembarcos que estas costas han visto llegar — y resistir. No hace falta abrazar la política de nadie para reconocer el hecho desnudo: una nación hispanoamericana pequeña se negó a que se decidiera su destino por la fuerza, y lo hizo en la ciudad donde empezó toda la historia americana. De Cartagena a Santo Domingo, el mensaje es el mismo: aquí, lo que se elige, se defiende. En el mapa de esta casa, la Ciudad Nueva se enciende con la terquedad de los que no se rindieron.