Un avión con un equipo de rugby uruguayo se estrella a 3.600 metros en el corazón de la cordillera. El mundo los da por muertos. Y entonces dos de ellos deciden que, si van a morir, morirán caminando hacia la vida.

Hay historias que no hacen falta adornar, porque la verdad ya es más grande que cualquier leyenda. Esta es una de ellas: la de un puñado de muchachos que, abandonados por el mundo entero en el techo helado de América, decidieron que no se iban a morir. Y no se murieron.
El 12 de octubre de 1972, un Fairchild FH-227 de la Fuerza Aérea Uruguaya despegó de Montevideo rumbo a Santiago de Chile. A bordo viajaban cuarenta y cinco personas: los jugadores del equipo de rugby Old Christians, casi todos veinteañeros, junto con familiares y amigos que aprovechaban el viaje. El mal tiempo sobre la cordillera obligó a hacer noche en Mendoza. Al día siguiente, el avión se adentró en el mar de picos más alto de América.
El corazón de los Andes, donde el piloto creyó haber dejado atrás la cordillera cuando aún estaba en su centro: el mar de cumbres del que dos hombres tuvieron que salir a pie.
Conviene entender dónde cayeron, porque el escenario es medio protagonista. Los Andes son la cordillera más larga del planeta y la más alta fuera de Asia: allí cerca se levanta el Aconcagua, con casi 7.000 metros. El vuelo cruzaba ese muro de hielo por el que van y vienen los aviones entre Montevideo y Santiago, y se detuvo, hecho pedazos, a más de 3.600 metros de altura, sobre un glaciar donde de noche el termómetro caía por debajo de los treinta grados bajo cero. A esa altura hay poco oxígeno, el sol quema y quita la vista, y el frío mata en horas a quien no está preparado. Ellos no lo estaban: eran jóvenes de veinte años en ropa de ciudad.
A media tarde del 13 de octubre, entre densas nubes, el piloto calculó mal. Creyó haber dejado atrás la cordillera y comenzó a descender cuando aún estaba en su corazón. El avión rozó una montaña, perdió las dos alas y la cola, y el fuselaje —convertido en un trineo sin gobierno— se precipitó por la ladera de un glaciar hasta detenerse en la nieve, a más de 3.600 metros de altura. Doce personas murieron en el impacto o aquella primera noche. Los que quedaron, malheridos y aterrados, se apiñaron en el casco roto mientras el termómetro se desplomaba a treinta grados bajo cero.
No tenían comida más allá de unas pocas chocolatinas y algo de vino. No tenían ropa de montaña: se abrigaban con las fundas de los asientos. No tenían agua, porque comer nieve helaba por dentro; aprendieron a derretirla al sol sobre láminas de metal del avión. Y sobre todo, no tenían esperanza de rescate: el 23 de octubre, apenas diez días después, oyeron por un pequeño transistor que las autoridades habían suspendido la búsqueda. Buscaban un avión blanco sobre la nieve blanca, y no lo encontraron. Para el mundo, ya estaban muertos.
Fue entonces cuando aquel grupo de jóvenes hizo lo más difícil que se le puede pedir a un ser humano: organizarse para vivir. Se repartieron tareas —derretir nieve, cuidar a los heridos, mantener el casco—, se turnaron, se sostuvieron. Y tomaron juntos, sin ocultárselo a nadie, la decisión más dura y más íntima de todas para no dejarse morir de hambre: alimentarse de los cuerpos de sus compañeros fallecidos, a los que amaban. Lo hicieron como un pacto sagrado —«si yo muero, usad mi cuerpo»— y muchos lo vivieron como una comunión. No hay en toda esta historia un solo gesto de bajeza; solo la dignidad extrema de quien se niega a rendirse.
El 29 de octubre, un alud bajó de noche sobre el fuselaje mientras dormían y se llevó a ocho más. Los supervivientes pasaron tres días sepultados bajo la nieve, respirando en la oscuridad, hasta poder abrir un hueco. Cada semana la montaña les quitaba algo. Y cada semana ellos se negaban a entregarse.
Si nadie iba a venir, tendrían que salir ellos. A mediados de diciembre, dos de los más fuertes —Nando Parrado, que había perdido en el accidente a su madre y a su hermana, y Roberto Canessa, estudiante de medicina— se echaron a la espalda una manta cosida a modo de saco y empezaron a subir hacia el oeste, hacia Chile. Escalaron durante días una pared de hielo de más de cuatro mil metros, esperando coronarla y ver por fin los valles verdes. Al llegar arriba solo vieron una cosa: montañas y más montañas hasta donde alcanzaba la vista.
Cualquiera se habría dejado caer allí mismo. Parrado, en cambio, miró a Canessa y le dijo que siguieran: prefiero caminar hacia mi muerte que quedarme quieto esperando a que llegue. Enviaron de vuelta al tercer compañero para ahorrar comida, y los dos solos, hambrientos y congelados, siguieron bajando por el lado imposible de la cordillera. Diez días. Más de cincuenta kilómetros. Hasta que el valle empezó, muy despacio, a volverse verde.
El 21 de diciembre, al otro lado de un río bravo, vieron a un hombre a caballo. Era Sergio Catalán, un arriero chileno que llevaba sus vacas por la montaña. El estruendo del agua les impedía oírse. Catalán entendió que aquellos dos espectros necesitaban ayuda; les hizo señas de que esperaran, garabateó en un papel «¿qué desean?» y lo lanzó atado a una piedra. Parrado escribió al dorso, con un lápiz, las palabras que darían la vuelta al mundo:
Vengo de un avión que cayó en las montañas. Soy uruguayo. Hace diez días que estamos caminando. Tengo un amigo herido arriba. En el avión quedan catorce personas heridas. Tenemos que salir rápido de aquí y no sabemos cómo…
Nota de Nando Parrado a Sergio Catalán 21 de diciembre de 1972Catalán cabalgó cerca de diez horas por la montaña para dar el aviso. Al día siguiente, dos helicópteros del Cuerpo de Socorro Andino se jugaron el motor en aquel aire imposible para subir hasta el glaciar. El 22 y el 23 de diciembre de 1972, setenta y dos días después del accidente, rescataron a los dieciséis supervivientes. Habían aguantado más de dos meses donde nadie debería aguantar dos días.
El heroísmo de los Andes no fue el de un instante, sino el de setenta y dos días de decisiones difíciles tomadas en grupo. Cuando supieron por la radio que ya nadie los buscaba, aquellos muchachos no se derrumbaron: se organizaron para vivir. Repartieron tareas —derretir nieve, cuidar a los heridos, mantener el fuselaje—, se turnaron los abrigos, se sostuvieron el ánimo unos a otros. Y afrontaron juntos, sin engañarse, la decisión más terrible de todas para no morir de hambre, y la vivieron como un pacto sagrado entre amigos que se querían. No hay en toda la historia un solo gesto de bajeza; solo la dignidad de quien se niega a entregarse.
Y cuando Parrado y Canessa se echaron a la montaña, no caminaron solo por su vida: caminaron por las catorce personas que dejaban atrás, vivas, esperando. Esa es la clave que lo eleva todo. Los que salieron cargaban con los que se quedaban; los que se quedaban sostenían con su espera a los que salían. Fue una gesta de equipo en el sentido más literal —eran, al fin, un equipo de rugby—, donde nadie se salvó solo y nadie quiso salvarse solo. El bien de todos por delante del miedo de cada uno: no hay mejor definición del valor.
Es difícil imaginar el golpe de aquel 23 de octubre, cuando un pequeño transistor les dijo que el mundo los había dado por muertos y había suspendido la búsqueda. Estaban vivos, y sin embargo ya no existían para nadie. A partir de ahí cada amanecer era una elección: rendirse a la evidencia o negarse a ella un día más. Vivieron semanas enterrando amigos, respirando bajo la nieve del alud, viendo cómo la montaña les quitaba algo cada semana. El miedo no era a un enemigo con cara: era al frío, al hambre, al silencio blanco y sin fin.
El instante que mejor resume lo que sintieron llegó en lo alto de la cordillera, cuando Parrado y Canessa coronaron la pared de hielo esperando ver los valles verdes de Chile y encontraron, hasta el horizonte, solo montañas. Cualquiera se habría dejado caer allí. Parrado, en cambio, eligió seguir: «prefiero caminar hacia mi muerte que quedarme quieto esperando a que llegue». En esa frase cabe todo lo que sintieron aquellos jóvenes durante setenta y dos días: el terror de lo desconocido, sí, pero por encima de él una voluntad de vivir más terca que la propia cordillera.
El Milagro de los Andes no es la historia de dos héroes. Es la de dieciséis. Y detrás de ellos, la de decenas de gestos anónimos: el que derretía nieve sin quejarse, el estudiante de medicina que curaba con lo que había, el que animaba cuando ya no quedaban fuerzas, el que dio su cuerpo por los demás, y aquel arriero chileno que no conocía de nada a unos uruguayos y cabalgó medio día para salvarlos. Un equipo del Río de la Plata, rescatado por un pastor de los Andes: la misma familia, la misma lengua, la misma mano tendida.
Nando Parrado lo diría después con una frase que vale para toda esta civilización nuestra, tantas veces dada por muerta y tantas veces de vuelta: «En los Andes aprendí que no hay que tener miedo de la muerte, sino de no haber vivido. Mientras respires, sigue caminando». Es, quizá, la mejor definición de un pueblo que nunca, jamás, se ha rendido ante nada.
Perdió en el accidente a su madre y a su hermana. Fue uno de los dos hombres que cruzaron la cordillera a pie para buscar ayuda. Su frase —«prefiero caminar hacia mi muerte que quedarme quieto esperando a que llegue»— resume el espíritu de toda la gesta.
Estudiante de medicina que curaba a los heridos con lo que había en el fuselaje. Acompañó a Parrado en la travesía imposible: diez días y más de cincuenta kilómetros por el lado más difícil de los Andes, hasta encontrar la vida al otro lado.
Arriero chileno que llevaba sus vacas por la montaña cuando vio a los dos espectros al otro lado de un río bravo. Les lanzó papel y lápiz atados a una piedra y cabalgó cerca de diez horas para dar el aviso que salvó a los dieciséis. No conocía de nada a aquellos uruguayos.