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Epopeyas de la Hispanidad · 2010

«Estamos bien en el refugio los 33»: los mineros de Atacama

Setecientos metros bajo el desierto más seco del mundo, treinta y tres hombres esperaron 69 días a que alguien los sacara de su tumba. Y no perdieron ni la cabeza ni la fe: se salvaron a sí mismos mucho antes de que los rescataran.

20109 min de lectura
Una gran mina de cobre a cielo abierto en el desierto chileno
Chuquicamata, una de las grandes minas de cobre chilenas: la estampa del duro mundo del que salieron los 33. Foto: Diego Delso, delso.photo (CC BY-SA 4.0).
Fecha
5 de agosto – 13 de octubre de 2010
Sesenta y nueve días
Lugar
Mina San José
Atacama · Chile
Resultado
Los 33 rescatados con vida
No faltó ninguno

Hay pueblos que se miden en sus horas malas. Y pocas veces se ha visto a un grupo de hombres corrientes comportarse con tanta grandeza en el peor de los sitios: enterrados vivos, a oscuras, sin comida y sin ninguna razón para tener esperanza. Esta es la historia de cómo treinta y tres mineros chilenos se negaron a morir, y de cómo un país entero —y medio planeta— se volcó para sacarlos.

Lo que estuvo en juego

Las cifras de un entierro que no fue tumba

bajo el desierto más seco del mundo, a oscuras
estiraron una comida de emergencia para dos o tres
hasta que salió el último: no faltó ninguno

El derrumbe

La mañana del 5 de agosto de 2010, en la vieja mina de cobre y oro de San José, en pleno desierto de Atacama, la montaña colapsó por dentro. Una sola roca de setecientos mil toneladas —el doble del peso de la Torre Eiffel— selló de golpe la rampa de salida. Treinta y tres hombres que trabajaban en el fondo quedaron atrapados a setecientos metros de profundidad, en una galería a treinta y cinco grados de calor y humedad asfixiante. Arriba, nadie sabía si estaban vivos.

El escenario, sobre el mapa real

Una vieja mina en el corazón del desierto más seco del planeta: el punto donde treinta y tres hombres esperaron, a setecientos metros, a que el mundo los encontrara.

¿Dónde ocurrió?
Atacama

Setecientos metros bajo el desierto más seco del mundo

Para entender el encierro hay que entender el lugar. El desierto de Atacama es el más árido del planeta —hay estaciones donde no se ha medido lluvia en siglos—, y bajo su costra reseca está una de las mayores riquezas de Chile: el cobre, que da la mitad de las exportaciones del país y del que Chile es el primer productor del mundo. La minería es aquí un modo de vida y también un oficio que se paga caro: la vieja mina de San José, de cobre y oro, arrastraba fama de peligrosa mucho antes de aquel día.

Lo que los selló fue un solo bloque de roca de unas setecientas mil toneladas —el doble del peso de la Torre Eiffel— que se desprendió y taponó la rampa de salida. Quedaron atrapados a setecientos metros de profundidad, con 35 grados de calor y humedad asfixiante, en un refugio con comida para dos o tres días. Encontrar allí abajo una galería del tamaño de una habitación, perforando a ciegas desde la superficie, era como enhebrar una aguja desde un tejado.

Así se desarrolló

5 de agosto de 2010

El derrumbe

Una roca del doble del peso de la Torre Eiffel sella la salida. Treinta y tres hombres quedan atrapados a setecientos metros. Arriba, nadie sabe si viven.

Los diecisiete días

La república bajo tierra

En el refugio había comida para dos o tres días. Los 33 la estiraron diecisiete. Bajo el liderazgo de Luis Urzúa, se organizaron: raciones de dos cucharadas de atún y un sorbo de leche cada cuarenta y ocho horas, turnos para todo, un espacio para dormir, otro para rezar. Hubo un cronista, un enfermero improvisado, un pastor —José Henríquez, «el Pastor»— que sostenía la moral, y un portavoz nato, Mario Sepúlveda. Racionaron la luz de las linternas para no perder la noción del día. No hubo motines. Hubo disciplina. En la superficie, las primeras perforaciones fallaban una tras otra: buscar una galería del tamaño de una habitación a setecientos metros, a ciegas, era como enhebrar una aguja desde un tejado.

22 de agosto de 2010

Las ocho palabras

La sonda número ocho baja dando tumbos y toca algo hueco. Cuando los operarios suben la broca, encuentran pegado a ella, con cinta aislante, un trozo de papel con letras rojas y grandes: «Estamos bien en el refugio los 33». Estaban todos. Estaban vivos. Un país que ya los lloraba estalla en un grito de alegría.

El rescate

La vida por un conducto del ancho de un pomelo

Por la sonda empieza a bajar la vida: gel de glucosa, comida, agua, medicinas, cartas, una cámara. Chile no lo hace solo: llegan sondas de Estados Unidos, ingenieros, y hasta la NASA aconseja sobre el encierro. Junto a la mina crece el Campamento Esperanza, un mar de tiendas donde las familias no se mueven ni un día, rodeadas por mil periodistas.

13 de octubre de 2010

La cápsula Fénix

La noche del 12 al 13 de octubre, una cápsula de acero pintada con los colores de Chile —bautizada Fénix, como el ave que renace—, apenas más ancha que un hombre, empieza a bajar por el túnel de rescate. Uno a uno, ante más de mil millones de personas en directo, los treinta y tres suben. El primero, Florencio Ávalos; el último, como manda la ley del capitán, Luis Urzúa. Sesenta y nueve días después del derrumbe, no falta ninguno.

El valor de organizarse

El heroísmo de Atacama no fue un acto, sino una forma de comportarse durante sesenta y nueve días. En las horas siguientes al derrumbe, aquellos treinta y tres hombres corrientes tomaron una decisión que lo cambió todo: no cundir al pánico, sino organizarse como una pequeña república. El jefe de turno, Luis Urzúa, repartió el espacio —un rincón para dormir, otro para rezar— y racionó la comida hasta lo increíble: dos cucharadas de atún y un sorbo de leche cada cuarenta y ocho horas, con lo que estiraron diecisiete días una despensa para dos. Hubo turnos, hubo un enfermero improvisado, hubo un pastor que sostenía la fe y un portavoz que sostenía el ánimo. No hubo motines. Hubo disciplina y cuidado mutuo.

Ese es el corazón de la historia: se salvaron a sí mismos, como grupo, mucho antes de que llegara la sonda. Cada uno se cuidó cuidando a los demás; nadie acaparó, nadie se hundió sin que otro lo levantara. Y cuando por fin llegó el rescate, la misma lógica presidió la salida: el primero en subir fue un minero cualquiera, y el último, fiel a la vieja ley del capitán, fue el jefe. «No faltó ninguno» no es solo el final feliz: es la prueba de que se habían salvado juntos o no pensaban salvarse. Arriba, además, un país entero y medio planeta se negaron a darlos por muertos: Chile removió el desierto, y llegaron sondas, ingenieros y consejos de medio mundo para traerlos de vuelta.

Estamos bien en el refugio los 33.

La nota atada a la sonda Mina San José, 22 de agosto de 2010

Lo que sintieron

Lo más duro no fueron los sesenta y nueve días, sino los diecisiete primeros: los que pasaron a oscuras, con hambre, sin saber si alguien los buscaba siquiera, oyendo a lo lejos las perforaciones que fallaban una tras otra y se alejaban. Debieron de pensar mil veces en sus familias, en la posibilidad de morir allí abajo sin que nadie lo supiera nunca. Y aun así racionaron la luz para no perder la cuenta de los días, se turnaron el ánimo y aguantaron. Es difícil imaginar una prueba mayor a la esperanza que esperar en la oscuridad total sin ninguna señal de que la espera sirva de algo.

Por eso el momento en que la broca de la sonda número ocho asomó en su galería, y ellos le ataron aquel papel con ocho palabras, fue como volver a nacer: al otro extremo de aquel tubo había un país que los lloraba y que de golpe estallaba de alegría. Aún les quedaban casi dos meses bajo tierra, pero ya no estaban solos. Cuando por fin subieron, uno a uno, en la estrecha cápsula Fénix —el ave que renace—, ante mil millones de personas en directo, lo que sintieron aquellos hombres, y con ellos medio mundo, fue algo muy simple y muy hondo: que la vida, cuando la gente se agarra unida a ella, puede más que setecientos metros de roca.

Por qué importa

Los 33 de Atacama no eran héroes de bronce: eran mineros, gente humilde que ganaba el pan jugándose la vida bajo la tierra. Y precisamente por eso su historia es tan nuestra. Cuando todo estaba perdido, no se rindieron; se organizaron, se cuidaron, rezaron y aguantaron con una dignidad que dio la vuelta al mundo. Detrás de ellos, un país entero se negó a dar por muertos a sus hijos y removió cielo y desierto para traerlos de vuelta.

Es la misma historia de siempre, contada una vez más: la de una civilización que ha estado mil veces al borde del abismo —enterrada, incendiada, dada por muerta— y que, agarrándose unos a otros, siempre ha vuelto a subir a la luz. Porque mientras quede uno vivo en el refugio, esta gente nuestra no se rinde jamás.

Quiénes estuvieron allí

Personajes destacados

retrato de época
Luis Urzúa
Luis Urzúa
El jefe de turno

Organizó a los 33 como una pequeña república bajo tierra: raciones milimétricas, turnos, un rincón para dormir y otro para rezar. Racionó la luz para no perder la noción del día. Fiel a la vieja ley del capitán, fue el último en subir a la superficie.

n. 1956
retrato de época
Mario Sepúlveda
Mario Sepúlveda
La voz de los 33

«Súper Mario», el portavoz nato que sostuvo la moral del grupo y se convirtió en el rostro del encierro ante el mundo. Segundo en salir, subió repartiendo abrazos y piedras de la mina como recuerdo, con una energía que emocionó al planeta.

n. 1970
retrato de época
José Henríquez
José Henríquez
«El Pastor» · sostuvo la fe del grupo

Minero y predicador evangélico. Cada día reunía a los 33 a rezar en un rincón del refugio convertido en capilla. En la oscuridad y el hambre, mantuvo viva la esperanza del grupo: buena parte de la serenidad con que aguantaron aquellos hombres tiene su nombre detrás.

n. 1954
retrato de época
André Sougarret
André Sougarret
Ingeniero jefe del rescate

El ingeniero de minas que dirigió la Operación San Lorenzo desde la superficie. Coordinó las perforaciones, las sondas llegadas de medio mundo y el diseño del túnel de rescate. Puso el método y la cabeza fría que, sumados a la resistencia de los 33, hicieron posible lo imposible.

n. 1963
retrato de época
Los 33 mineros
Los 33 mineros
La república bajo tierra

Gente humilde que ganaba el pan jugándose la vida bajo la tierra. Enterrados vivos y sin razón para la esperanza, no se amotinaron ni se rindieron: se organizaron, se cuidaron, rezaron y aguantaron con una dignidad que dio la vuelta al mundo.

2010