De dónde salió
Cuando Quito apenas llevaba veinte años fundada, un fraile flamenco llamado Jodoco Ricke —el mismo que, según la tradición, sembró el primer trigo de la región— abrió junto al convento de San Francisco una escuela para enseñar a leer, escribir y, sobre todo, los oficios del arte a los hijos de los indígenas. Corría hacia 1550. De aquella idea sencilla —poner el pincel y el escoplo en manos del pueblo andino— nació, con el paso de las generaciones, uno de los fenómenos artísticos más asombrosos que ha dado América.
Porque los aprendices no se limitaron a copiar los modelos europeos que les llegaban en grabados: los transformaron. Pusieron en las tallas la sensibilidad, los colores y hasta los rasgos de su propia tierra, y devolvieron algo distinto y nuevo. A ese arte mestizo, hecho en los talleres de la ciudad durante más de dos siglos, se le llama la Escuela Quiteña.
Por qué era tan grande
La especialidad de Quito fue la escultura policromada, y en ella alcanzó una perfección que pocos igualaron en el mundo. Sus imágenes de madera parecen vivas: la técnica del «encarnado» —capas y capas de pintura pulida hasta imitar la piel humana—, los ojos de cristal, las lágrimas, las venas, los dientes y hasta pestañas de verdad lograban un realismo que estremecía. No eran figuras para mirar de lejos, sino para creer que respiraban.
Y estaban los nombres. Bernardo de Legarda, que talló la célebre Virgen de Quito —una Virgen con alas, danzante, única en el arte universal, que hoy corona en gigante el cerro del Panecillo—. Manuel Chili, «Caspicara», indígena genial cuyas tallas se cuentan entre las mejores de todo el barroco. El pintor Miguel de Santiago y su escuela de lienzos. Frailes anónimos, doradores, ensambladores: cientos de manos que hicieron de Quito un taller sin descanso.
Un arte que viajó
Lo extraordinario es que aquel arte no se quedó en casa. De los talleres de Quito salían tallas y lienzos por miles, cargados en mula y en barco, que fueron a parar a las iglesias de Nueva Granada, el Perú, Chile, el Río de la Plata y hasta la propia España. Una imagen «hecha en Quito» era un sello de calidad reconocido en todo el imperio: la ciudad andina se convirtió en la gran exportadora de belleza sagrada de América. Pocas veces un rincón tan pequeño y tan alto ha vestido a un continente entero.
Una imagen «hecha en Quito» era, en toda la América hispana, sinónimo de que la madera podía llegar a respirar.
— Sobre la fama de la Escuela Quiteña en los siglos del barrocoPor qué importa
Porque desmiente la idea de que en América solo se copiaba lo que venía de fuera: en Quito se creó, y lo creado se exportó de vuelta. Es la prueba de que del encuentro de dos mundos —la técnica europea y el alma andina— nació algo que no existía antes y que era mejor que sus dos orígenes por separado. Cuando un ecuatoriano entra hoy en San Francisco o en la Compañía y ve arder el oro y respirar la madera, está viendo lo que su pueblo fue capaz de hacer cuando le pusieron un pincel en la mano. Ese es el mayor orgullo que puede tener una nación: haber hecho belleza para el mundo.
